extraído de Paulo Virno, Virtuosismo y revolución
- Ambivalencia del desencanto
¿Cuáles son los requisitos principales exigidos a los trabajadores dependientes hoy en día? Las comprobaciones empíricas coinciden en la respuesta: disposición a la movilidad, capacidad de mantenerse al paso de las reconversiones más bruscas, adaptabilidad desvinculada de cualquier interdependencia, ductilidad en el cambio de un conjunto de reglas a otro, predisposición a una interacción lingüística tan banalizada como omnilateral, un cierto control de los flujos de información, la costumbre de manejarse entre ilimitadas posibilidades alternativas.
Ahora bien, estos requisitos no son tanto fruto del disciplinamiento industrial, como el resultado de una socialización que tiene su baricentro fuera del trabajo, una socialización subrayada por la mutación repentina de usos y costumbres, por la recepción de los medios de comunicación, por la indescifrable ars combinatoria que en las metrópolis entrelaza secuelas de ocasiones fugaces. Se puede lanzar con sobriedad la hipótesis de que la «profesionalidad», de hecho exigida y ofrecida, consiste a fin de cuentas en dotes adquiridas durante una prolongada permanencia en un estadio prelaboral o precario. El retraso del hecho de plegarse a un papel definido, que ha sido un rasgo típico de los movimientos juveniles de las últimas décadas, se convierte en la más destacada de las cualidades profesionales. A la espera de un trabajo, se desarrollan esos talentos genéricamente sociales y ese hábito de no adquirir hábitos duraderos, que harán más tarde las veces, una vez encontrado empleo, de auténticos «instrumentos de trabajo».
Hay aquí un doble pasaje. Por un lado, el proceso de socialización, es decir los intereses de la red de relaciones mediante la cual se adquiere experiencia del mundo y de sí, aparece como independiente de la producción directa, de los ritos de iniciación de la fábrica y la oficina. pero, por otro, la innovación continuada de la organización de trabajosubsume el conjunto de inclinaciones, actitudes, sentimientos, vicios y virtudes, madurados en la socialización extralaboral. La permanente mutabilidad de las formas de vida hace su entrada en las «obligaciones del trabajador». La adaptación al cambio ininterrumpido y sin telos, los reflejos probados por la cadena de conmociones perceptivas, un fuerte sentido de la contingencia y de la aleatoriedad, una mentalidad no determinista, el adiestramiento metropolitano para atravesar cuadrivios de diferentes oportunidades, todo esto se eleva al rango de auténtica fuerza productiva.(...)








